Opinión.

Formación de opinión pública y medios de comunicación.

 

Por Ricardo García Jiménez / APIM.

El sociólogo alemana Jürgen Habermas sostiene que: “… los medios de comunicación deben auto concebirse como instrumentos de la ciudadanía preservando su  independencia y su integridad al establecer puentes entre la esfera social y la privada para lograr así una verdadera integración”. Dicha afirmación plantea la importancia que tiene el origen y la formación de los medios de comunicación, y es en su génesis donde se gestan las linas y sentidos para la difución de sus contenidos que responden a sectores de la sociedad en formas de apoligismos y difamaciones. De ahí que la formación de sus contenidos, sus conductas y criterios éticos para el manejo y tratamiento de su información pueden contribuir a la formación de una opinión pública o a la imposición de la misma.

Partimos primeramente del hecho que la opinión pública es el resultado de un proceso colectivo, en el que interactúan multitud de actores sociales, con mayor o menor relevancia o pesos para externar sus puntos de vista entorno a una problemática o tema. Para nuestro entender, la opinión pública es el resultado de un proceso colectivo social que parte de una individualidad en la que se van vinculándose aquellas opiniones que tiene el ciudadano común, sobre algún punto y que en un proceso de confrontación y dialogo continuo se construye una opinión consensada que va ascendiendo y articulando un mismo sentir, que no necesariamente sea el único, ya que este proceder excluye a los que disienten de la generalidad.   

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  • Ahora bien, ante ello nos preguntamos cuál debería ser en teoría la función de los medios de comunicación en la formación de la opinión pública. Algunas posturas señalan que la opinión pública es el resultado de un proceso colectivo, y por lo tanto, los medios no pueden evaluar la correcto o valido de esa opinión, sino los medios solamente recogen la opinión y la trasmiten contextualizándola para una mejor comprensión del tema o problema opinado.

    Otra postura señala que el modelo de cascada propuesto por Karl Deutsch, define el proceso de la opinión como una serie de procesos descendentes que culminan con la llegada de la opinión al “gran público”. En cierto sentido, esta postura de arriba hacia abajo, también es producto de una construcción de un grupo de individuos que debaten y confrontan sus puntos de vistas pero que a diferencia del anterior modelo, la opinión pública es una opinión impuesta desde arriba, no por el público, sino para el público que busca unificar un criterio único.

    Los modelos que explican la eficacia de la opinión pública son variados, como puede observarse, y casi todos ellos coinciden en indicar que se trata de un proceso colectivo, por más que en este proceso sea importante la manera en cómo se forman las opiniones individuales.

    De cualquier manera, son tantos los factores que influyen en la formación de la opinión pública que es preciso tener en cuenta la diversidad de actores que interactúan para su formación, ya sean estos pertenecientes a una clase social u otra. Por lo que, resulta complicado en éste esquema clasista encontrar un inicio y un fin mínimamente definidos de los proceso de formación de la opinión. Lo que sí es posible validar es que los sentidos de la opinión pública elaborados desde arriba o desde abajo, permiten detectar el sentido de la misma opinión.    

    Lo anterior nos conduce a formular la siguiente pregunta: ¿quién forma la opinión que se convierte en pública?

    Después de haber seguido los modelos antes citados queda evidenciado que pueden existir modelos emergentes desde abajo, recordando que las opiniones provienen desde de estas sectores proveen una identificación de grupo o de clase para sí, donde la existencia de múltiples grupos de referencia pueden generar posiciones encontradas con las opiniones devenidas desde arriba.

    De ahí que, la opinión pública que se generaliza desde abajo hacia arriba o desde arriba hacia abajo no son verdaderamente las únicas opiniones, ya que estas excluyen desde su plano y fuera de su esfera de pertenencia. Sin embargo, son muchos, y muchos los lugares y modos distintos de expresar una opinión que esta define claramente su posición de clase, pertenencia política, ideología, filosofía y cultura que el opinante externa. También las maneras y modos en como los opinantes y los medios utilizan los lenguajes y sus recursos para difundirlas precisan los sentidos apologistas o difamatorios de la opinión.

    He aquí, que Giovanni Sartori señale que una opinión pública que pueda denominarse auténtica lo es cuando esta es autónoma, y ciertamente autónoma por lo que es capaz de romper con su sentido de pertenecía a un grupo o clase social, lo es cuando se desvincula con una ideología apologista o golpista, es auténtica cuando no pone entredicho a través de la difamación, sino aportando pruebas que permitan construir de opciones distintas del punto en discusión.  

    Por lo tanto, la opinión pública como indica Sartori, “es de todos y de nadie”. Pero la opinión dice mucho del opinante y del medio que recaba o impone las opiniones.