Opiniòn.

 

EDUCACIÓN Y CRECIMIENTO ECONÓMICO.

 

Por: Martín Carlos Ramales Osorio/APIM.

Mucho se han jactado las administraciones priístas (las de Miguel de la Madrid, Salinas de Gortari y Ernesto Zedillo) y panistas (las de Vicente Fox y Felipe Calderón) de la supuesta estabilidad macroeconómica que vive el país desde que México se subordinó al imperio yanqui a través de la adopción de medidas del Consenso de Washington y del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN por sus siglas en español, o NAFTA por sus siglas en inglés).

La inflación baja y estable más que ser una realidad es mera ficción, al igual que la supuesta fortaleza de la economía mexicana bajo régimen de tipo de cambio flexible adoptado desde tiempos del gobierno de Ernesto Zedillo (1994-2000) (el modelo Mundell-Fleming bajo tipo de cambio flexible y perfecta movilidad del capital financiero a nivel internacional, predice que una economía se protege perfectamente de choques externos negativos como el de 2008-2009; sin embargo, y como efecto y secuela de la crisis financiera internacional con epicentro en los Estados Unidos, la economía mexicana cayó abruptamente en 2009 en 6.2 por ciento, lo que agudizó el desempleo y la pobreza).

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  • Así que la economía mexicana no es estable ni mucho menos experimenta crecimiento económico, y además es sumamente frágil ante choques externos negativos como el de 2008-2009. En el mejor de los casos, experimenta un estancamiento estabilizador que se ha venido traduciendo en ampliación de las desigualdades socioeconómicas, en desempleo y en pobreza.

    La teoría económica tradicional dominante (la de Adam Smith y David Ricardo, la de Walras y Pareto, la de Arthur Laffer y Milton Friedman, la de James Meade y Robert Solow) predice que una economía puede experimentar crecimiento económico, expansión del PIB a precios constantes, si aumenta la cantidad de capital productivo (maquinarias y equipos para producir bienes de consumo final), si aumenta la cantidad de trabajo (en particular la población económicamente activa, PEA), si se expande la frontera agrícola y si tienen lugar las innovaciones tecnológicas.

    Amén de que también consideran al comercio internacional como una fuente de crecimiento económico (enfoque de los beneficios recíprocos: ventajas absolutas, Adam Smith; ventajas comparativas, David Ricardo; los refinamientos neoclásicos, Edgeworth-Haberler; la diversidad estructural de recursos, Heckscher y Ohlin). Así, sin más ni más, si un país se abre al libre comercio internacional experimentará crecimiento económico como por arte de magia.

    Y es que para esta forma de razonar la economía, a través del libre comercio internacional los países más que competir se complementan, y de ahí la denominación de “enfoque de los beneficios recíprocos” (por ejemplo, Sí México tiene abundantes yacimientos petroleros y el Canadá posee abundantes tierras forestales, el comercio internacional entre ambos países permitirá a México complementar su producción interna de madera y al Canadá su producción interna de petróleo de una manera más barata y eficiente).
    Argumentación tan socorrida por la administración de Salinas de Gortari (1988-1994) para convencer a millones de mexicanos incrédulos acerca de los muchos beneficios que traería para el país la firma del Tratado de Libre Comercio con los Estados Unidos y el Canadá: crecimiento económico y generación de empleos bien remunerados que impulsarían al país hacia el primer mundo.

    Pero oh decepción, después de andado el camino del comercio internacional durante poco más de 18 años, el PIB por habitante de la economía mexicana no ha crecido siquiera al uno por ciento en promedio anual, apenas lo ha hecho al 0.87 por ciento; o sea, ha permanecido prácticamente estancado.

    Y es que las últimas cinco administraciones neoliberales que han gobernado al país, no han invertido lo suficiente en investigación y desarrollo científico y tecnológico que permita al país ser lo suficientemente competitivo en los mercados de la actual economía mundial globalizada. De ahí la ausencia de innovaciones tecnológicas que no permite a las empresas mexicanas producir más y mejor, mejorar la eficiencia productiva y abatir costos, generar más y mejores bienes de capital para transformar materias primas en bienes de consumo final.

    Si el gobierno mexicano gastara lo suficiente en investigación y desarrollo, al respecto el promedio internacional ronda el uno por ciento como proporción del PIB, otro gallo le cantaría a la economía mexicana y a sus habitantes: crecimiento económico, baja inflación y empleos bien remunerados. El mejor antídoto contra la inflación es el aumento de la productividad proveniente de las innovaciones tecnológicas más que las políticas monetarias restrictivas del Banco de México, y que mejor que estimular el crecimiento económico mejorando las capacidades tecnológicas invirtiendo lo suficiente en investigación y desarrollo (según datos del Banco Mundial, en México el gasto en investigación y desarrollo es de apenas el 0.37% como proporción del PIB, comparado con el 0.39 de Uganda, con  el 0.44 de Cuba, con el 0.51 de Argentina, con el 1.07 de Brasil, con el 1.43 de Uruguay, con el 1.91 de Canadá, con el 2.67 de USA y con el 3.44% de Japón).

    Pero no, nuestras autoridades prefieren inyectarle competitividad a nuestra economía y a “nuestras empresas”, abaratando la mano de obra vía la reforma laboral y dejando contaminar a las grandes empresas transnacionales que vienen al país a coadyuvar a su crecimiento económico. Sí, como no; a otro perro con ese hueso: vienen a engrosar ganancias corporativas pagando salarios magros…

     

    mramales2000@yahoo.com.mx