Columna: Punto Crítico

 

La división del trabajo y la esclavitud social.

 

Por Miguel Ángel Coronado/APIM.

Bien, ¿Por qué considerar que la división de trabajo es sinónimo de una esclavitud laboral? ¿Por qué darle esa connotación, o insinuar que el fin propositivo fue ese, en lugar de considerar que fue para fines específicos de especializar las áreas de trabajo o el quehacer humano?

Bueno, pudiéramos considerar que el acrecentado dinamismo económico experimentado en el siglo XVII por el despertad científico y el elevado crecimiento de las ciencias y del mercado, pudiera haber obligado a ello, donde evidentemente la conciencia ya no está sujeta a dogmas religiosos, sino a una libertad plena de criterio, pero precisamente es ahí en donde radica la sanción de juicio a este tema en escrutinio, ya que el despertar científico, la inventiva e innovación técnica, inspiro la industrialización.

Es así que la transformación de los insumos, de la materia prima para ofrecer el satisfactor económico sin escalas de comercialización al consumidor final; surgiendo así infinidad de talleres, pequeñas factorías, que lo único que hacían es responder al despertar de la ciencia y de la conciencia, del conocimiento técnico para el beneficio mutuo de una colectividad ansiosa de satisfacer sus necesidades como derecho social preconcebido.

  • esc
  • .
  • Lo que se deja entrever es que se alcanzado así un sentimiento de igualdad económica, ya que todos se esforzaban por ser emprendedores y merecedores de sus iniciativas colocando sus excesos de producción en un mercado que tendía a ser equitativo, y esto naturalmente logrado por las fuerzas de una democracia instituida a partir del tratado de Westfalia en 1648 en que nace el estado soberano, tras dejar atrás la guerra religiosa de los treinta años que pretendía arrebatar lo ya logrado.

    Es importante entonces señalar que ese despertar científico y económico brindo sus mejores favores al mercantilismo; a una sociedad de consumo que solo deseaba adquirir lo que el mercado ofrecía a manos llenas, sin inquirir la demanda ociosa que incrementa los precios, sino solo por una democracia que permitiera equiparar la justicia económica. Así pues queremos dilucidar que esa era la necesidad social apremiante; el interés primordial por estandarizar el bien común, el pleno desarrollo en beneficio de todos.

    No obstante como siempre ha de acontecer en medio de un dinamismo o quehacer humano de esta naturaleza en donde el dinero es un invitado especial como medio de cambio, emergen intereses particulares, el ingenio depravado de los que aman la avaricia, y es el caso natural de los monopolios, de los intereses oligarcas; de la concentración del capital que hoy tiene en jaque al mundo, porque el dinero como unidad de cuenta, como medio de cambio y con ese poder económico que le identifica, tiene poder político para reestructurar escenarios; para imponer reglas o leyes que respalden la costumbre o la cultura.

    Y es por ello entender que la división del quehacer laboral trajo, no una especialización para enriquecer la “productividad”, sino una maniobra perversa para reducir el ánimo productivo de pequeñas factorías que deseaban satisfacer a gran escala necesidades sociales, y no enrarecer  mercados y concentrar capital industrial como hoy sucede; con bienes manufacturados con mano de obra barata exportable para todo el mundo y tan solo por los caprichos de la especialización, dado que hoy en el mercado laboral se ofertan infinidad de carreras técnicas y universitarias, y todas bajo criterios de explotación humana con los nuevos cánones del outsourcing, tal y como lo proponían en su oportunidad los economistas vendidos al sistema de dominación de aquel entonces con la mano invisible del poder privado, entorpeciendo así el quehacer económico tan natural y humano del mercado que en ese entonces emergía.

    Y es ahora que se asumen los costos en gran penuria, y gracias a que la sociedad en general permitió que los banqueros privados impusieran sus reglas adueñándose de la industria y del comercio en general. Así que en este mundo todo se hace con astucia, no importa quien quede atrás en la escala de la vida; “primero yo y que se hunda el mundo”, dice una adagio.
    Hoy pues quizás tenemos los mayores costos de la historia humana por permitir que los tecnócratas dominen el mundo a su antojo con reglas financieras y usura en el uso del dinero. La oferta inmensa de trabajo invade el mercado sin oportunidades bien remuneradas, y por obvias razones castiga la desdicha de pueblos enteros que nunca desearon despertar de su largo letargo.

    La gran oferta de trabajo beneficia a empleadores, a los dueños del capital, y por virtud de que el intelecto humano queda subordinado, y hoy más que nunca es evidente la realidad social que vivimos con la pobreza científica en cada nación subdesarrollada haciendo honor a la subcontratación laboral, que también parte de un diseño traicionero de los que dominan el capital y el fin jurídico para gobernar.

     

    mcorona94@hotmail.com