Opinión.

 

¿CRISIS DE LAS IDENTIDADES NACIONALES?.

 

Por Ricardo García Jiménez/APIM.

Es un hecho que el proceso de globalización produce una crisis en las identidades culturales de los pueblos en todo el orbe. La globalización y su expresión ideológica sustentada en la visión neoliberal de la vida, busca una homogenización excesiva de las identidades y conductas personales entorno a una acepción del “Tener” como proceso de consumo que borra la conciencia y las actitudes personales enajenándose en la “cosa” (léase mercancía, producto o estilo de vida).

Inevitablemente el actual proceso de globalización coloca a los pueblos y a sus residentes a confrontarse y contrastar sus culturas y tradiciones (ricas en la diversidad) frente a una cultura Unídimensional.

En el actual proceso globalizante, el hombre llega a ser incapaz de determinar cuáles son sus necesidades reales y cuáles las falsas, es adoctrinado y manipulado de manera que sus respuestas sean determinas por la sociedad neoliberal.

 

  • Globa
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  • La servidumbre y la represión han estado presentes en la cultura capitalista, y son un sinónimo de estilo de vida que debe ser aceptada. Ante ello la restricción y falta libertad de los hombres se perpetúa y cobra formas en muchas libertades. La opulencia, como aspiración que oriente las conductas particulares, hace que la servidumbre acepte su situación y resignación de no aceptar la libertad para poder ser merecedor de lo que los poseedores del poder puedan darles. Es éste uno de los resultados de la eficaz manipulación para dominar al hombre.

    Ante ello, el hombre también ha perdido su capacidad de concebir la realidad y la de valorarse a sí mismo, gracias al sometimiento de la personalidad y el pensamiento que le exigen los principios y la aplicación de los fundamentos de la tecne.

    En el análisis de la evolución de la tecnología y de su papel en el desarrollo de la civilización capitalista, vemos que el impacto que ha tenido sobre la conciencia y la conducta del hombre ha sido desastrosa, ya que ha promovido una cultura del sufriendo y de la desesperanza de las grandes mayorías, hecho que se traduce en miedos e incertidumbres comprensibles.

    Frente a esta realidad se delinean dos estrategias a seguir: la de ensimismarse y la del diálogo.

    Hay identidades que para afirmarse recurren a las tradiciones, a las religiones y las glorias históricas de sus culturas, oponiéndose lo más posible a las consecuencias de la globalización.

    Apropiarse y llevar esta actitud al extremo, generalmente puede definir una posición intransigente, pues genera caer y asumir un sistema de definiciones bipolar, concibiendo quienes son los enemigos y quienes, los amigos. “Si nos es tas conmigo, estas encuentra de mi”, sería su mejor expresión.
    En consonancia con aquello uno de los teóricos modernos de la filosofía política, Carl Schmitt, afirmó: "La esencia de la existencia (cultural) política de un pueblo es su capacidad de definir al amigo y al enemigo".

    No dice otra cosa el conocido teórico de la filosofía política contemporánea Samuel P. Huntington en su Choque de Civilizaciones: "Los enemigos son esenciales para los pueblos que están buscando su identidad y reinventando su etnia, pues solo sabemos quienes somos cuando sabemos quienes no somos y, muchas veces, cuando sabemos contra quien estamos".

    Las anteriores perspectiva, aunque comprensible, son impracticable en las condiciones actuales de la historia globalizada. Pues, ¿cómo se puede considerar a los Otros como enemigos si ahora estamos obligados a convivir con ellos en un pequeño espacio común que es el Planeta Tierra? Por ahí no existe más camino. Es más, se está formando lentamente una identidad colectiva y planetaria como fruto de la convivencia de todos con todos.

    La otra vía como posible salida a esta crisis es la del diálogo y la aceptación a la diversidad, pues es la única verdaderamente eficaz de hacer que todos podamos caber en este mundo.

    Reconocemos que la globalización puede ofrecer la oportunidad de un diálogo de todos con todos y en todos los niveles, siempre y cuando sea capaz de aceptar a los “otros” como diferentes. Ello permitiría un intercambio y con eso un enriquecimiento colectivo como nunca antes en la historia de la humanidad.

    El diálogo entre iguales pero diferentes demanda el reconocimiento mutuo de los interlocutores traducido en las siguientes acepciones: escuchar y ser escuchado, mandar-obedeciendo. Lo anterior obliga a  la renuncia de un querer dominar al otro y garantizar  que todos puedan participar.

    El diálogo apunta a construir los puntos comunes a partir de los cuales surge el consenso mínimo y a dejar en segundo plano las diferencias que nos separan. Ingredientes esenciales de la praxis de la llamada “Otra Campaña” Zapatista y de la Cultura de los Pueblos Indios.

    El diálogo supone, pues, la conciencia de las ganancias y de las pérdidas que siempre se dan. La identidad no es una estructura inmutable, dada de una vez por todas, sino un conjunto de relaciones, que a partir de una experiencia de base, se construye en un proceso interactivo en los estratos sociales de abajo que parten y fluyen hacia arriba, siempre en acción y en construcción, y que incorpora elementos nuevos sin desvirtuarse.

    Es por el diálogo, que se van gestando lentamente una identidad colectiva de la humanidad como humanidad y no más como estados-naciones bajo la óptica occidentalizada individualista, inconciente y ahistórica impuesta por una visión única como es el modelo económico-político como el neoliberal.

    No sabemos hasta ahora su perfil y reconstrucción teórica conceptual por lo cual se deba asumirá, pero seguramente será una humanidad que se entenderá como un momento de un proceso de la evolución del universo, de la Tierra y de la vida, con la responsabilidad ética de cuidar y de hacer coevolucionar esta herencia y de celebrar el misterio de nuestra existencia como diferentes pero iguales. De ahí este pensamiento y palabra que parece Paradójicos.