Opinión.

 

COSMOVISIÓN INDÍGENA Y EQUIDAD DE GÉNERO.

 

Por Ricardo García Jiménez/APIM.

A más de una década de haber iniciado el siglo XXI, Latinoamérica sigue siendo considerada la zona donde la cultura y práctica del machismo tiene un fuerte arraigo. En poblaciones indígenas y no indígenas de nuestro continente es común seguir observando imágenes de hombres que ejercen una violencia física, psicológica, simbólica y considera a las mujeres (esposas, hijas, amantes o concubinas, madres) como objetos a sus disposición, por ejemplo, las madres son estereotipadas en la ejecución de tareas domésticas como cocinar, limpiar y criar una horda de niños, negándoles el reconocimiento como seres humanos y cuartándoles sus derechos esenciales. A pesar de que estos patrones de conducta tengan algo de verdad, es, al igual que todos los estereotipos, formas absolutistas de valorar un comportamiento social de un grupo que excluye a otro. 

El machismo ha estado asociado a la diferenciación de tareas y roles entre hombres y mujeres, donde la subordinación de las mujeres en muchas sociedades es asumida como algo “natural”. En la mayor parte de las sociedades tradicionales, por ejemplo, los hombres han tenido mayor poder y estatus que las mujeres en ciertos ámbitos como el terreno de lo público, pero ello tiene una razón de ser que puede explicarse por un patrón de valoración diferente.

 

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  • En las sociedades modernas, las actitudes machistas tratan de justificar esa diferenciación colocando de por medio la preponderancia y el bienestar de la familia remitiendo a la mujer a la administración de los bienes patrimoniales pero también induciendo en ella el principio de individualización competitiva.

    Infinidad de escritores e investigadores han coincidido en señalar que el machismo “…es una ideología que no nació en América Latina, sino que esta es producto de la colonización española” y que utilizó para hibridar formas de organización familiar patrilineales.

    En la actualidad el observador puede tener un sesgo en la interpretación de los hechos cuando trata de establecer una relación en el rol y el estatus que han tenido las mujeres en las sociedades prehispánicas e indígenas contemporáneas, debido a la contaminación y fuerte influencia del estereotipo del machismo latinoamericano moderno. Hay que reconocer que antes como ahora las mujeres indígenas si pasan la mayor parte de su tiempo en tareas del hogar como el cocinar, hacer las tortillas, limpiar la casa, cuidar los animales domésticos así como de la crianza de los hijos. Por su parte, los hombres pasan gran parte de su tiempo fuera de la casa trabajando en los sembradíos y otras actividades productivas proveedoras del sustento familiar.

    Estos sesgos de la vida familiar de los pueblos indios han hecho que muchos observadores e investigadores que asumen una cultura occidentalizada, denuncian ante diferentes organismos sociales y gubernamentales una opresión de género, que para ellos, se vuelve evidente.

    Sin embargo, estas valoraciones tienen una influencia que procede de la moderna sociedad industrial. Siguiendo las pautas del credo capitalista que exalta al individuo y su individualización de la vida comunitaria, los derechos humanos, incluidos los derechos de la mujer (a la igualdad, a una vida libre de violencia, por ejemplo), estos deben ser  alcanzables en forma individual. Esta lógica que sea insaculado al interior de las comunidades indígenas y que apunta hacia la mujer de esas localidades como un objeto de moldear, busca definir una falsa conciencia al indicar que la mujer indígena se encuentra esclavizada a la supuesta monotonía de las tareas del hogar, y que el propósito de los nuevos y modernos tiempos se logra sólo liberándose de la enajenación del hogar, donde el buscar un trabajo asalariado para sí misma,  las convertirse en mujeres independientes de su marido (el hogar). Está claro que esta “liberación” también conduce inevitablemente a una ruptura con su comunidad y con la forma de ejercer la vida tradicional y en colectivo.

    Los enfoques occidentales hacia la equidad de género la gran mayoría de ellos no toma en consideración las implicaciones del hecho de que los pueblos indígenas, al igual que la mayoría de las culturas existentes en todo el mundo, priorizan la vida comunitaria sobre la individual. Esta diferencia fundamental tiene profundas ramificaciones en cómo se entiende los derechos y como son implementadas y respetadas sus colectividades.

    Secretarías de asistencia social y de desarrollo de los gobiernos federal y provinciales, como organizaciones o asociaciones civiles, intentan mejorar la suerte de las mujeres en las comunidades indígenas ignorando por completo el hecho de que los pueblos indígenas históricamente ha desarrollado sus propias tradiciones y costumbres desde el seno de la comunidad para responder a las cuestiones de la igualdad y equidad de género bajo sus propias lógicas. 

    Sería tramposo decir que la mujer indígena en la sociedad actual vive libre de algún tipo de violencia o actitud discriminatoria. Los reportes de organismos gubernamentales nacionales, para el caso de México, revelan porcentajes de mujeres de 15 años y más con incidentes de violencia a lo largo de la relación con su última pareja, por entidad federativa, que: “El estado de México, Nayarit, Sonora, Distrito Federal y Colima, la mitad o más de las mujeres de 15 años y más unidas o que han tenido alguna relación de pareja declararon haber experimentado violencia a lo largo de la  relación. En contraste las entidades con las menores proporciones de mujeres violentadas por la pareja son Tamaulipas, Guanajuato, Coahuila, Durango y Baja California Sur con porcentajes de 38 a 39.4 por ciento. En Chiapas solamente 29.8% de las mujeres unidas o alguna vez unidas han tenido incidentes de violencia en su relación de pareja; cabe señalar que esta entidad tiene un porcentaje alto de población hablante de lengua indígena  (27.3%) y existen grupos étnicos que se rigen por usos y costumbres, lo que puede incidir en una percepción distinta de la violencia de género” (fuente: Mujeres y hombres en México 2012, Instituto Nacional de Estadística y Geografía).

    Expertos en la materia han señalado que esta violencia es causada en parte por una ruptura en la continuidad de los valores ancestrales y tradiciones que mantienen cohesionada o unida a las comunidades indígenas. Esta interrupción entre el pasado y el presente, causada por la violencia de la Conquista, impone una mentalidad ajena y supuestamente superior del hombre hacia la condición de mujer que las subordina.

    La cosmovisión indígena y las formas de organización social y comunitaria constituyen la mejor oportunidad de las mujeres pertenecientes a estas localidades para que puedan hacer valer colectivamente su derecho a la igualdad de género, una vida libre de violencia, y otros derechos básicos de una forma respetuosa de las particularidades de su contexto específico. Recordemos que la espiritualidad y prácticas sociales dentro de las comunidades indígenas se fundamentan en cuatros valores esenciales: la dualidad, la complementariedad, el equilibrio y la armonía; que funcionan para normar la vida intracomunitaria.

    Ante ello los pueblos indígenas no aceptan la individualidad como base de su  cultura. Para ellos la equidad de género no es crear dos personas independientes y separadas que compiten por sus derechos y libertades personales a través de un esquema de rivalidad e imposiciones de poder. Los miembros de las comunidades indígenas son conscientes de la diferencias entre géneros y respetan la dualidad entre dos seres distintos pero a la vez complementarios; por ejemplo la noche y el día, lo obscuro a la claridad, el hombre y la mujer, etcétera.

    Los pueblos y culturas indígenas señalan: “Nosotros (hombre y mujer) no somos los mismos, pero debemos ser tratados con igualdad y respeto mutuo dentro de nuestras diferencias con el fin de complementar recíprocamente unos a otros en nuestras fortalezas y nuestras debilidades."

    Partiendo de estos cuatro valores para entender la equidad de género dentro de las comunidades indígenas, el sentido cultural y la sensatez colectiva, son los catalizadores que revierten la violencia en esos territorios. Claro este argumento podría ser debatido señalando que esta dominación masculina se ha naturalizado a tal punto que les es imposible ver a las mujeres indígenas el sometimiento a las que están sujetas. 

    En sociedades rurales donde la mayoría de las familias son agricultores, la división de "roles" a partir de la categoría de género no implica necesariamente una injusticia o desigualdad. Más bien, representa la necesidad de apoyo mutuo familiar para mantener el hogar y asegurar la supervivencia de la familia y de la comunidad.

    Esta lógica representa la reciprocidad y la complementariedad entre hombres y mujeres que comparten el trabajo, el espacio que es la tierra y la responsabilidad de procurar la familia.

    La equidad de género desde una perspectiva indígena es capaz de ver lo positivo en estos roles diferenciados pero complementarios. La actitud de complementariedad contrasta crudamente con el concepto occidental de derecho como un triunfo meramente individual por conquistar y poseer.

    La visión occidental considera que los derechos y reivindicaciones de las mujeres se logran de manera individual; pero, para los pueblos indígenas, la equidad de género está íntimamente ligada a la cohesión de la comunidad. En ese sentido, los problemas de violencia hacia las mujeres presentes en comunidades indígenas, hoy en día, se caracteriza por una lucha entre hombres y mujeres que ya poseen una visión occidental que ha roto el sentido de la complementariedad y reciprocidad entre géneros que puede conducir hacia el equilibrio  y orden dentro de las comunidades indígenas. 

    El ofrecer el “empoderamiento individual” a las mujeres como respuesta única al problema de la desigualdad de género entre la población indígena se presenta como un problema de doble arista. En primer lugar, esta "solución" que lleva a las mujeres lejos de sus comunidades hacia los centros urbanos donde existen los pocos empleos, a menudo las deja en un estado de indefensión. Las mujeres que trabaja en turnos de más de 12 horas, por ejemplo en alguna maquila por un salario de miseria, a menudo violenta su situación de autoestima cuando posee un jefe generalmente hombre que la menos precia.

    En segundo lugar, esta “solución” se basa en los principios del sistema económico imperante que depende de la destrucción de comunidades rurales y locales para crear un exceso de mano de obra para los centros industriales. La destrucción de las comunidades locales elimina de una vez la posibilidad de una cohesión de la comunidad que, como hemos dicho, es el requisito necesario para garantizar los derechos de las mujeres en el campo de alguna actividad al interior de las comunidades. 

     Para responder a los problemas de desigualdad de género y violencia que enfrentan las mujeres, la tendencia en el mundo de hoy se centra en la "individualización" de los derechos promovidos por la mentalidad occidental, que es en última instancia, desconocido por las comunidades indígenas y ajeno a su identidad.

    Finalmente, aunque ninguna comunidad tiene una estructura de gobierno perfecta, ni puede garantizar el respeto absoluto por los derechos de todos, el reto de recuperar y reconstruir las tradiciones y prácticas ancestrales indígenas de las relaciones entre hombres y mujeres, representa un camino mucho más saludable y más prometedor para lograr una equidad de género con un sentido más profundo y equitativo.