Opinión .

 

EL PODER SE EXPRESA EN EL SEXO.

 

Por Ricardo García Jiménez/ APIM.

Una de tantas maneras en que el poder se expresa se hace a través de las relaciones sexuales (el sexo), según Michel  Foucault, y esta manifestación puede referirse a la capacidad relativa de una persona para actuar autónomamente, con el fin de dominar la toma de decisiones y hacer que su pareja acepte un comportamiento contrario a los deseos de su par mediante el artilugio de privar o condicionar esta conducta. En definitiva el sexo es una estrategia disciplinar de los actos de los individuos en referencia a quien ejerce el poder dentro de este tipo de relaciones.

Desde esta lógica M. Foucault considera que el poder no es un objeto que el individuo cede a un soberano (visión contractual del Estado en su expresión jurídico-política), sino que es una relación de fuerzas entre las partes que definen una relación; situación estratégica que es planteada en un tipo de sociedad en un momento determinado, misma que trae en sí, un tipo de relaciones sociales que se han construido por un proceso socio-histórico, donde el  sexo es un elemento controlado por la comunidad que ancla la sexualidad a la familia, como espacio de alianza en el cual también se cultivan los afectos que le dan sentido a la unidad de convivencia social.

Por lo tanto, el poder al ser resultado de relaciones sociales, y este se ubica en todas partes y se manifiesta de diferentes maneras. Hay que señalar que el sujeto que está inmerso en este tipo de relaciones de poder está atravesado por el entramado de esas relaciones de poder, y no puede ser considerado independientemente o ajeno ellas, sino que con su sola presencia reproduce esas condiciones. El poder, para Foucault, no sólo es una expresión de la  represión como lo han considerado los teóricos de la sociología y ciencia política como Max Weber o Carlos Marx, sino que también produce efectos de verdad, produce saber, en el sentido de conocimiento.

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  • Lo importante a resaltar en este argumento no es el poder absoluto de uno u otro miembro inmersos en una relación de pareja, sino la influencia comparativa que cada uno tiene en relación con el otro. El poder basado en el género deriva del significado social que se le atribuye a las diferencias biológicas y culturales entre Mujeres y hombres y,  Masculinos y Femeninos.

    Es en la invención de la sociedad moderna occidental del siglo XVIII, donde según Foucault la sexualidad, lejos de ser una esencia biológica o de ser explicada desde raíces naturalistas, es una construcción histórica que somete a uno u otro sexo por la privación, monopolio y dominación de la sexualidad que es usada como un componente de poder  que tiene sus efectos sociales.   

    Ante el señalamiento anterior podemos afirmar entonces que el dispositivo de la sexualidad está impregnado, por una parte, de las disciplinas del cuerpo y, por otra, de la tecnología política de la vida social.

    En el primer caso, la máquina de la sexualidad se sirve del cuerpo que produce y consume, en la medida en que adopta el registro de la anatomopolítica para vigilarlo, controlarlo y ponerlo dentro de un juego de economía de las energías. La anatomopolítica se caracteriza por ser una tecnología individualizante del poder, basada en escudriñar a los individuos en sus comportamientos y constitución de la apropiación de sus cuerpos como propios o ajenos, con el fin de anatomizarlos, es decir, producir cuerpos dóciles y fragmentados. Se basa en imponer una disciplina como instrumento de control del cuerpo social penetrando en él hasta llegar hasta sus átomos. Las herramientas anatomopolíticas son la vigilancia, el control, intensificación del rendimiento, multiplicación de las capacidades, el emplazamiento, la utilidad del mismo, etc.

    En el segundo caso, el asunto del sexo (y de las relaciones sexuales) está ligado a la regulación y control de las poblaciones. Poder disciplinario y poder sobre la vida que atraviesan el dispositivo de la sexualidad de manera escalonada, y no en una sucesión cronológica y lineal, de tal manera que en palabras de Michel  Foucault (1986) “el sexo es utilizado como matriz de las disciplinas y principio de las regulaciones...” del cuerpo que se proyecta y tiene un efecto en lo social.

    Y es en esta coyuntura cuando hacemos un análisis del término “género”. Este concepto propio del campo de la sociología, nos refiere a las expectativas y normas compartidas en una sociedad, con respecto al comportamiento esperado por parte de cada uno de los géneros, donde las características y los roles de lo masculino y femenino que se consideran socialmente adecuados son lo que marca la conducta colectiva de cada uno de los géneros.

    Pero la premisa de la que partimos es que el ejercicio del poder, dentro de un análisis de género, las relaciones sexuales carece con frecuencia de equilibrio, y por lo general las mujeres tienen menos poder social que los hombres para su expresión. Para Foucault el poder sólo existe en una relación marcada entre ese par inseparable que es, por un lado su ejercicio y por el otro, la resistencia a ese mismo ejercicio.

    Estos desequilibrios operan en el contexto de un doble patrón casi universal que otorga a los hombres una libertad sexual y una autodeterminación mucho mayor que a las mujeres. Pero paradójicamente, el poder y la expresión de la sexualidad en espacios privados o en el secreto de las alcobas lo ejercen en mayor intensidad las mujeres. 

    Pero las relaciones de poder basadas en el género pueden tener diferentes efectos que se ven manifestados de forma directa en la capacidad de tomar decisiones relacionadas con su salud reproductiva que tienden más a favorecer a una de las partes. Otro de los efectos de esta relación de poder a través de desequilibrio de género estriba en la capacidad que tienen las mujeres para negociar el uso del condón con sus parejas mediante la privación del objeto del deseo de los varones que es el sexo. Aspecto que se convierte en un tipo de negociación política que trastoca otros aspectos no sólo de la reproducción, sino de formas afectivas y de exclusividad en una relación.   

    En ese mismo sentido, la tecnología disciplinaria se configura en relación con las otras formas del castigo, el suplicio del soberano y la reforma humanista, en el agenciamiento de la sexualidad que se lo hizo en relación con el dispositivo de alianza para mantener la unidad de la familia en aras de ….
    El dispositivo de la sexualidad no es que remplace el sistema de alianza, sino que funciona apoyándose en él, hasta tal punto que la familia va a jugar un papel táctico dentro de la formación de aquél.

    A partir de lo anterior podemos deducir que el miembro con más poder es quien pudiera alcanzar mejor sus metas, la aceptación de la pareja puede complicar el asunto, pues dependiendo de la situación, dicha aceptación puede ser sólo resultado de una falta de poder o de un ejercicio del poder que consiste en condescender a los deseos de la pareja. Por ejemplo, tener hijos puede incrementar un poder relativo de la mujer dentro de una relación.

    Vistas así las relaciones de poder tienen un vínculo causal muy claro asociado con la violencia o con la amenaza de violencia dentro de las relaciones sexuales, donde dicha violencia tiene a su vez un impacto sobre la salud física y mental de cada uno de los miembros pactantes de una relación.

    Un mediador para evitar esta confrontación de poder por el control de la sexualidad lo pueden tener el acuerdo entre las partes, que dependiendo de tipo de valores y tradiciones de la sociedad en donde se desarrolla la relación de poder pueden dar una salida a los problemas que se deriven de este ejercicio del poder. Por ejemplo, cuando una mujer aparece con desventajas en una relación de pareja, los acuerdos pueden intervenir para mejorar su habilidad de adquirir información y tomar decisiones apropiadas a su situación en coparticipación de su pareja, siempre y cuando exista el equilibrio y empoderamiento de la mujer o de alguna de las partes para armonizar la relación.  

    A la inversa, el acuerdo que ignora dichas relaciones de poder o que refuerzan los desequilibrios, pueden contribuir a disminuir las capacidades femeninas para promover su propia integridad e identidad como la contraparte de una relación.

    LA NULA COMUNICACIÓN MARITAL

    La literatura especializada de los últimos años ha nutrido nuestra comprensión al demostrarnos que la baja comunicación verbal en la pareja y las desigualdades de poder basadas en la situación de género contribuyen a fomentar la violencia. Entre las parejas de algunas sociedades premodernas casi nunca se discuten la planeación familiar, dicha discusión tiene lugar sólo después de uno o más nacimientos. Ni mucho menos las necesidades afectivas y físicas de cada uno de los que pactan una relación de pareja. Las mujeres y los hombres pueden creer que sus contrapartes se oponen a esta planeación y vacilan en discutirla por miedo a disgustar a su compañero o compañera y no provocar un conflicto en la relación. Además, las mujeres mucho más jóvenes que sus parejas (y al parecer con menos poder), tienen menos posibilidades de comunicarse con ellas.

    Cuando mujeres o hombres abordan el tema de la fidelidad conyugal y las consecuencias que puede traer consigo un acto contrario de esta naturaleza (infecciones sexualmente), se corre el riesgo de ser acusados de promiscuos, de tener parejas extramaritales o de estar ellos mismos infectados.

    El simple hecho de hablar de sexo también resulta difícil para muchas parejas. Los hombres y las mujeres carecen de un lenguaje para describir sus deseos y sus miedos, y pueden en particular mostrarse renuentes a reconocer su ignorancia sobre asuntos sexuales a la hora de discutirlos.

    Los resultados de varios estudios sugieren que buena parte de la comunicación en torno a temas reproductivos y sexuales se da indirectamente o de manera no verbal, debido a los desequilibrios de poder en las relaciones de pareja.

    TERRORISMO DE GÉNERO Y ANTICONCEPCIÓN

    La violencia de género es la manifestación de desigualdad de poder que se vislumbra en las relaciones sexuales, y tiene una multitud de efectos negativos sobre la salud. En estudios recientes en algunas sociedades latinoamericanas la violencia física es más común de lo que se pensó hace algunos años. Los resultados de casi 5000 encuestas poblacionales a nivel latinoamericano muestran que un 67 por ciento de las mujeres reportaron haber sido lastimadas físicamente por su compañero en algún momento de sus vidas.

    El daño al bienestar físico y mental de las mujeres pueden ser mayores que el perjuicio inmediato y puede incluir depresión, ansiedad, problemas ginecológicos (por ejemplo, dolor pélvico crónico), aborto y complicación del embarazo.

    Aunque en este tipo de sociedades son los hombres los que a menudo toman las decisiones en materia de planeación familiar, bien pueden dejar la ejecución de sus decisiones a sus compañeras. A esta actitud la refuerzan los servicios de salud reproductiva dirigidos exclusivamente a las mujeres. Estos servicios absuelven a los hombres de la responsabilidad directa en el control de la natalidad, y hacen que los hombres consideren a la planeación familiar como un mero “asunto de mujeres”.

    Resultados de estudio sobre el uso de anticonceptivos, muestran en sus resultados señalan esa responsabilidad recae más fuertemente en las mujeres. A nivel mundial, cerca de 75 por ciento de las parejas casadas practican la anticoncepción, y de éstas sólo cerca de 28 por ciento utilizan un método que requiere de la cooperación masculina (es decir, esterilización del hombre, uso del condón, abstinencia periódica, o retiro del órgano sexual).

    Un dato que llama la atención es la utilización secreta que hacen algunas mujeres de los métodos anticonceptivos y que ilustran las consecuencias potenciales de la desigualdad de poder en las relaciones sexuales. Y lo hacen por razones diversas: sus parejas desaprueban la anticoncepción, ellas ya no desean tener más hijos o experimentan dificultades para hablar con ellos del uso de anticonceptivos.

    Practicar la anticoncepción abiertamente, desafiando los deseos de la pareja, puede ser algo difícil para las mujeres, en particular para aquellas que dependen económicamente de sus maridos o cuyos compañeros puedan amenazarlas con procurarse otra mujer, con la separación, el divorcio o la violencia.

    En muchos ámbitos se considera poco característico de una buena esposa oponerse a la voluntad de su marido. El miedo a ser descubierta se vuelve un lastre continuo y la búsqueda de asistencia médica para solucionar problemas o tratar efectos secundarios resulta, en este contexto, algo inconveniente. Por lo que, en todo tipo de relaciones de pareja, es imperativo hacer flotar la importancia que tiene el poder sexual. Ya que este puede definir el sesgo hacia una de las partes que monopoliza la sexualidad, situación que puede clausurar los canales o vías de comunicación entre los pares. 

    CONCLUSIÓN

    Las instituciones que han intentado desarrollar programas de salud con incidencia directa en las relaciones sexuales a menudo se han enfrentado a la noción de que las relaciones de género forman parte de un componente "cultural", algo nebuloso, estático e impermeable a toda intervención de este tipo.

    Más aún, existen muchas reticencias para influir en normas relacionadas con el género por temor a ser tachados de insensibles a los valores culturales o de mostrar poco respeto a la tradición. Sin embargo, muchos programas relacionados con prácticas tradicionales y creencias profundamente arraigadas han tenido, pese a todo, un relativo éxito al promover la equidad de género.

    Hay que hacer notar que cuando la relación de género y poder se vuelve un aspecto básico en los programas de salud sexual y reproductiva, el beneficio es considerable para las mujeres y para los hombres.

    BIBLIOGRAFÍA

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