Opinión.

CIUDADANÍA E IDENTIDAD EN LA SOCIEDAD GLOBALIZADA

 

Por Ricardo García Jiménez/APIM.

El fenómeno de la Globalización puede ser entendido como un proceso multidimensional de integración e interdependencia entre naciones. Este hecho se asocia al desarrollo de un sistema económico liberal que busca romper la idea de las fronteras físicas y legales para la circulación de las personas y las mercancías. Para logra esto se crean nuevas tecnologías de la información y comunicación que ayudan a favorecer la desregulación y liberalización de los mercados y propiciar la dependencia económica-tecnológica entre dominantes y dominados.

En el seno de esta multidimensionalidad globalizadora existen sucesos poco estudiados, uno de ellos es el de las migraciones internacionales y trasnacionales. Fenómeno que se caracteriza por el movimiento y traslado de grandes contingentes de individuos entre regiones, países o continentes que son motivados abandonar sus lugares de origen por conflictos políticos, religiosos, étnicos o económicos. Se puede asegurar que estos movimientos inter-geográficos han existido a lo largo de la historia humana, a pesar de que en diferentes momentos su intensidad y velocidad hayan ido cambiando por las condiciones de cada entidad.

El arribo de grandes contingentes a un territorio ajeno al suyo, tiene serias consecuencias. Ciertamente que los países receptores contaran con mano de obra más barata, pero paralelamente, tendrán que enfrentar y proporcionar la prestación y ampliación de los servicios públicos que estos grupos demandaran. Estos impactos son ampliamente conocidos y su gestión va incorporándose a la agenda política de los gobiernos.

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  • Pero el fenómeno de la migración posee otros efectos que repercutirán en los sujetos que migran y este va asociado a una redefinición de la categoría de ciudadanía e identidad en las nuevas sociedades globalizadas.

    La migración y los asentamientos en otros países, se ha dado lugar a numerosas interrogantes que cuestionan la validez de las conceptualizaciones tradicionales sobre ciudadanía e identidad nacional. A lo cual, surgen preguntas como:

    ¿Es necesario disociar el vínculo histórico entre la identidad nacional y el ejercicio de la ciudadanía? ¿Cómo se destruye y construye una nueva identidad nacional? ¿Pueden los inmigrantes tener derechos políticos? ¿No es, en el fondo, constituir una ciudadanía sin identidad o una nueva bajo la idea de una supra-nación?

    Afines del siglo XVIII, la identidad de los sujetos que nacían en un determinado territorio quedaba definida por la idea de la génesis del Estado Moderno Nacional, que reconocía como ciudadano aquel que nacía dentro de un territorio determinado, que hablara una lengua común y poseía una misma historia. Es decir, la identificación y el reconocimiento explicito del Estado, quedaba pactado en un contrato social que otorgaba derechos y obligaciones a los celebrantes de ese contrato. Aderezado, claro esta,  por la construcción de una cultura propia que los ciudadanos promulgaban para distinguirse de otros ciudadanos pertenecientes a otros estados.  

    Por lo tanto, el concepto de ciudadanía suponía la pertenencia a una determinada comunidad política, el compartir valores y símbolos que definen el sentido de lo nacional. Por su parte, el estado reconoce la igualdad de derechos y el cumplimiento de las mismas obligaciones, independientemente de la raza, sexo, condición social o creencia de cada uno de los ciudadanos. Ello suponía que el ciudadano debía lealtad absoluta al Estado exigiendo la identidad homogénea y diferenciada del resto de naciones.

    Pero en las llamadas sociedades pluriculturales contemporáneas, se ha llegado a la modificación sustancial de la identidad nacional y del concepto de ciudadanía.

    Actualmente, hay voces que reclaman el reconocimiento diferenciado de la identidad única de cada ciudadano, de cada grupo o cultura y de cada nación y, por ello, se afirma que la integración política no tiene por qué significar una asimilación cultural o la eliminación de las diferencias nacionales o culturales de los ciudadanos.

    Efectivamente, no sólo se trata de respetar el origen cultural de los que han emigrado, sino de reconocer que la identidad humana ya no es única, que los movimientos migratorios provocan que las identidades sean múltiples y diversas.

    Hay que ser conscientes que hoy, ya no existen lealtades excluyentes, sino que éstas son compartidas e incluyentes. Podemos pertenecer a diversos lugares y a diversas comunidades culturales al mismo tiempo, independientemente de cuál sea nuestro origen y de dónde residamos. Podemos ejercer distintos roles culturales, escoger aquellas características de la cultura que creemos que vale la pena desarrollar o rechazar aquellas otras que no nos satisfacen.

    Pero, la identidad y el sentido de pertenencia algún lugar o cultura, no debe estar reñido con la posibilidad de ser ciudadano, de ejercer derechos políticos y de participar en asuntos públicos que determinan la evolución de los lugares en que vivimos y que nos afectan de manera directa.

    Reconocemos que las corrientes migratorias no son la única razón por la cual las nociones de identidad y ciudadanía se han visto modificadas. Existen otros factores que han alterado su significado, incluso, en direcciones opuestas a las mencionadas. 

    Observamos que los procesos de integración supraestatales han planteado interrogantes en cuanto a la pertenencia a diferentes comunidades políticas y, consecuentemente, han provocado un importante debate en torno a la noción de ciudadanía. El caso europeo es paradigmático, quizá, porque la unión de los países trasciende la base economía y alcanza esferas de la política monetaria, educativa y de seguridad.

    Así, en los últimos años el concepto de ciudadano europeo pone en marcha el delicado proceso de lealtades compartidas. Ello genera, forzosamente, tensiones porque ahora deben hacerse compatibles la identidad colectiva de carácter nacional, derivado de una conciencia histórica y cultural, que tiene que adherirse a una identidad post y supranacional, sustentado en principios universales y contractualistas del constitucionalismo moderno, como el estado de derecho, la democracia y la participación vías institucionales.

    Por ejemplo, España debe hacer frente a la integración de diversas identidades (catalana, vasca o gallega) en un mismo territorio y, a su vez, independientemente de sus raíces culturales e históricas, la participación de todos sus ciudadanos en diversas comunidades políticas, a nivel local, regional, estatal y europeo, con ello se empieza a definir una nueva identidad y ciudadanía global.

    Otro de los fenómenos a los que quisiéramos referirnos es el de la influencia de los medios de comunicación en la construcción de esas nuevas identidades.

    La evolución de las tecnologías de la información, la revolución de la microelectrónica y la irrupción del Internet han intensificado estos procesos. Como consecuencia, los individuos tenemos la posibilidad de conocer lugares remotos que antes eran inalcanzables. Al superar las barreras geográficas, hemos podido acceder a nuevas experiencias sociales y culturales.

    Con las nuevas tecnologías hemos conocido gentes de otras nacionalidades y culturas, sin movernos de la silla de la oficina o casa. Podemos participar en eventos que tienen lugar en otra parte del globo terráqueo. Hoy podemos estar enterados de la gran deforestación que amenaza a la selva amazónica, presenciamos la guerra en Irak, sabemos del trabajo infantil en la India o de las torturas en las cárceles chinas. Con los avances en comunicaciones el concepto de ciudadano se globaliza y da paso a la noción de sociedad y ciudadano global.

    Sin lugar a dudas, ya trascurrido la primera década del siglo XXI, la redefinición de muchos conceptos o categorías interpretativas de la realidad nos presenta un nuevo panorama, que asociados con los resultado de los procesos de globalización, nos apunta a la formación de nuevos modelos de identidades de ciudadanía, mismo que antiguamente fueron construidos sobre la idea de los llamados estados-nación. Sin embargo, éste es el nuevo reto de reconocimiento y articulación de la diversidad nacional y del ejercicio de soberanías compartidas que en el ámbito local, estatal, regional y global se plantea para la próxima década.

    Pero consideramos además que esta evolución social es inducida, y ello plantea otros escenarios multiculturales donde las identidades de los sujetos pueden quedar adheridas a una lealtad, valores y una cultura que es generada por las grandes empresas trasnacionales puede ser una de las categorías interpretativas de la realidad.

    ¿A caso ese será el futuro la adhesión a una marca o firma determinada promovida por las grandes compañías trasnacionales será lo que defina el sentido de pertenencia, lealtad y marco cultura que tracen la idea de lo ciudadano?  

    No lo sabemos, pero el tiempo y las circunstancias estarán definiendo este precepto.